12/04/2009

La decepción del Papa


Leí la carta que el 10 de marzo Benedicto XVI escribía a los obispos de todo el mundo. Entonces me produjo bastante pena. Josep-Ignasi Saranyana la comenta hoy en La Vanguardia, que copio a continuación, porque refleja bien lo que yo sentí en aquel momento.


Benedicto XVI ha escrito una carta, el 10 de marzo, sobre la remisión de la excomunión a los cuatro obispos consagrados por el arzobispo Lefebvre, en 1988, sin autorización de la Santa Sede. La iniciativa, tomada el 21 de enero del 2009, coincidió, por desgracia, con unas afirmaciones antisemitas de Williamson, uno de los obispos perdonados. Tal coincidencia provocó una avalancha de protestas, cuestionando el gesto pontificio. A tal propósito comenta el Papa: "Me ha entristecido que también los católicos hayan pensado herirme con una hostilidad dispuesta al ataque". ¿Por qué tomó esta decisión? Perdonó a los cuatro obispos de la cismática Fraternidad San Pío X, pensando en sus 491 sacerdotes. "¿Debíamos en realidad dejarlos ir tranquilamente a la deriva, lejos de la Iglesia?" Su experiencia demuestra, por el contrario, que dentro de la Iglesia las cosas se arreglan mejor, aunque persistan todavía, en este caso, los graves inconvenientes teológicos y disciplinares que originaron el cisma. La crítica a su "discreto gesto de misericordia", invitando a la reconciliación, le ha recordado la dureza de corazón de los gálatas, de que habla san Pablo en su epístola. El Santo Padre se sorprende, además, de que en la Iglesia haya aún grupos tan intolerantes y rencorosos, que se hayan atrevido a acusarle de traicionar el Vaticano II. Esto significa que algunos piensan que el concilio ha significado una ruptura total con la historia y los orígenes. Sin embargo, "quien quiera ser obediente al concilio, deberá aceptar la fe profesada en el curso de los siglos, sin cortar las raíces de las que vive el árbol". Habría que meditar esta frase, que parece enigmática, pero es muy clara. La historia de la Iglesia es una. Los cismas vienen cuando se quiere trocear esa historia, señalando un hiato insalvable entre el antes y el después; o bien cuando no se admite que cabe un progreso en la continuidad. Los dos extremos conducen a la ruptura.

J.-I. SARANYANA, historiador